El detalle de las letras: Montoya, Ferreira, Caparrós

noviembre 02, 2016


Por Fernando Araújo Velez | El Espectador


Diminutos instantes que con el tiempo terminan siendo decisivos, inmensos, contundentes. Martillazos que nos hacen tomar un camino y no otro, que nos golpean y años después nos hacen comprender que el camino que tomamos fue el mejor, porque siempre el camino que elegimos es el mejor, aunque por momentos no lo creamos. Y es el mejor porque ese camino nos hizo ser quienes somos, y nunca sabremos qué hubiera ocurrido si tomábamos el otro.  Una frase, una imagen, la melodía de una canción, los zapatos medio sucios y medio viajeros de un escritor, su mirada hacia el horizonte en busca de una idea, sus manos temblorosas porque la idea no cuaja. Una charla y cien o quinientos oyentes. Micrófonos, silencios, una sola voz que habla, y que en su hablar va taladrando las mentes de quienes escuchan.

Cada espectador es un mundo, y en esa pluralidad de mundos y vidas, uno juega a imaginar que el último de la fila va recreando una historia a través de lo que ve, de lo que recuerda, de lo que oye y supone. Para él tal vez no importen demasiado las frases que sobre una tarima disparan Pablo Montoya, Daniel Ferreira o Martín Caparrós en sus charlas. A él le importan los momentos, capturar un pedazo de esencia, quedarse con unas cuantas palabras que esa noche y otra y una más lo lleven a salvarse escribiendo. Montoya dice que “Medellín no es la ciudad primaveral, es la ciudad que salió impune de la pesadilla del narcotráfico”. Ferreira habla de las sutilezas en la literatura, del no decirlo todo para honrar la inteligencia y la creatividad del lector. Caparrós, de las crónicas y el riesgo de los manuales.

En un auditorio y a una hora, Montoya define su literatura, “No sé si es pesimista, pero es una literatura que no juega con la noción de felicidad, juega con la muerte, el deterioro, los malos entendidos, la enfermedad y la propensión a la melancolía”. Al día siguiente, en el mismo lugar, Ferreira confiesa que escribir, para él, es una forma de soportar la soledad. Caparrós recomienda leer, leer siempre, y asegura que escribir sin leer es como tocar guitarra sin escuchar música. Frases, y más que frases, puñaladas. Imágenes, conceptos. Escribir para salvarnos, para plasmar lo que vivimos, lo que imaginamos, lo que pensamos y sentimos, para dejar un testimonio e inmersos en unas cuantas letras, jugar a ser dioses. Escribir para contar nuestra historia y para que nadie la cuente por nosotros.

Escribir es el nombre del juego, de este juego de las ferias y los libros, de las conferencias y las entrevistas, de los libros dispersos por ahí en decenas de estantes. Escribir, aunque no se haya escrito aún nada, como Paul Auster, que fue escritor antes de haber escrito siquiera un par de cuentos. Fue escritor porque una tarde, tendría 14 años, en un campo de verano cerca de Nueva York, una tormenta lo agarró en pleno bosque con algunos de sus compañeros. La única salida era pasar por debajo de una cerca de alambre. Todos se turnaron. Auster iba detrás de un niño silencioso y retraído llamado Ralph, pero Ralph jamás atravesó porque un rayo le cayó encima. “Sólo tenía 14 años, después de todo, ¿qué podía saber? Nunca había visto un cadáver (…) No pensé en que había estado justo al lado de él cuando ocurrió. No pensé “uno o dos segundos y hubiera sido yo” (…) 34 años después todavía lo recuerdo. Y sus ojos mitad abiertos, mitad cerrados. También recuerdo eso”.

Fue escritor cuando se negó a asistir a su propia ceremonia de graduación en 1964 porque se fue a viajar por Europa, y se pasmó en y con Dublín. Allí estaban las calles y plazas y casas que James Joyce había caminado y descrito. Lloró. Devolvió el tiempo muy a su manera. Fue Joyce, y como Joyce (Retrato de un artista adolescente), sintió que el primer instante de la eternidad en el infierno duraba lo que un pájaro tardaría en trasladar la arena de la mitad del mundo hacia la otra mitad, grano tras grano. Entonces comenzó a escribir. Entonces sí comenzó a escribir con un lápiz y en un papel y en viejas y usadas máquinas  Remington. Frenético, desaforado, febril. Y fue a mil editoriales y mil veces lo rechazaron. No tenía ni para su propio entierro, pero igual, escribía y retornaba al béisbol, su loco juego, pues sólo entre letras y bates podía evadir aquella realidad, que a los 30 años, lo masacraba.

Auster, Montoya, Ferreira, Caparrós, Joyce y el último de la fila. Escritores que escriben o que garabatean en una libreta amarilla. Palabras, párrafos, martillazos. Diminutos instantes que se eternizan.


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