Viaje al interior de una gota de sangre, por Juan David Aguilar

octubre 27, 2016

Por Juan David Aguilar 
Leer completo en El sesgo del sedal


Una masacre.



La palabra masacre suena a máscara o eso pensaba cuando pequeño.



Ella estaba desnuda en la cama. En esa época fumaba y yo estaba sentado en la silla del escritorio leyendo Viaje al interior de una gota de sangre mientras ella miraba su celular que en la oscuridad le iluminaba parte de su seno izquierdo y la cara.



—¿Has visto morir a alguien? —le pregunté sin girar del todo la silla de escritorio.

Me miró por encima del celular, pensando, lo descubrí en su ojos, en qué era lo que yo estaba leyendo.

—No.



¿Cuántos niños presencian la muerte de alguien? Hasta ese día me había parecido normal mi experiencia. Descubrí que no era tan normal como lo había pensado. ¿Cuáles son las consecuencias de presenciar ese evento del lenguaje?



…los niños que ven morir a alguien, una muerte violenta, se supone, son más propensos a…(alguna vez vi un post de este tipo en facebook)



Seguí leyendo y fumando. El libro Viaje al interior de una gota de sangre inicia un día de fiestas en un pueblo cualquiera de Colombia, huele a fritanga, a frituras, se ven los árboles y el río abajo del pueblo, puedo oler y ver el pueblo, no solo porque desde pequeño he estado en esos lugares sino porque el autor se toma el trabajo de describirlo, de darle lugar a cada detalle que configura el pueblo, pienso en Dogville, la famosa película de Lars Von Trier, no se necesita de paredes para crear un espacio, el espacio lo configuran las acciones y sus personajes que, al final, terminan siendo acciones. ¿Quiénes matan saben con certeza quiénes son sus víctimas? Tal vez, pero las víctimas no saben quienes son sus verdugos, ¿por qué desde siempre los verdugos protegen sus rostros?, porque la muerte no puede poseer el patetismo de un rostro, debe ser cualquiera, debe ser una acción, porque para que se configure un espacio debe haber acciones, no apariencias.

Luego, el autor, como en un carnaval, pasa a contar las historias de aquellas víctimas. Esos muertos también deseaban algo. Una novela debe tener un personaje principal y desarrollarlo a través de la novela en este caso la novela solo tiene una protagonista: la muerte, que a la edad de …. años, todavía sigue creyendo en un pasado (resumen para una clase de universidad, segundo semestre) que no ha podido olvidar, la lucha interna de nuestro personaje para desentrañar las peripecias más intimas en las que cualquier sujeto pueda caer.



(Pregunta para una posible entrevista imaginaria con el señor Ferreira

—¿Le gustan los pimentones?

El señor Ferreira mira la cámara con sus ojos pequeños, entre cerrados.

—No, no me gustan, y acordamos no hablar de mi vida privada)



—¿Has visto morir a alguien?

Ella desde su desnudez me pregunta, pero los dos nos enredamos porque no sabemos si hablamos de un «ver» en la ficción o un «ver» en verdad… como si tal distinción existiera.



—Mi familia fue desplazada por la violencia.



Le cuento la historia de mi familia. Del barrio con nombre de hija de presidente que murió por las balas del Estado.



—Tal vez un niño que ve la muerte pierde cierta capacidad de asombro, como cuando ve, antes de la función, al esconderse y a través de la puerta a medio cerrar,  el lugar donde el mago esconde los conejos.



Su cuerpo ahora aparece en la habitación por la luz de la lámpara que cae sobre ella al levantarme de la silla. Escucho una canción que suena en la casa de enfrente, hoy hay fiesta para ellos. Gritan la canción Señora de Otto Serge.



Leo y fumo junto a la ventana.



Cada muerto tiene su historia, no es lo mismo narrar cómo alguien llega a su muerte, a narrar el después de su muerte ¿qué hay después de la muerte? La memoria de los otros. Porque eso es lo que pasa en esta historia, los personajes ya están muertos cuando empezamos a conocer su historia. Primero fue la masacre como en toda creación. Cierta crónica se evidencia en la prosa que sutilmente se adentra en el análisis de las vidas desde pensamientos que no proceden de los personajes pero que todos sabemos pueden haber sido los suyos o no son los suyos pero hacen que esto sea real, o ni siquiera son reales pero hacen que la prosa sea literatura.

Esto es real porque lo real no es lo que está ocurriendo afuera, lo real es la memoria y no hay memoria sin ficción. Por eso el interés de todo Estado en ella.

Su prosa busca palabras de Santander, su prosa busca palabras, adjetivos, raros, que producen ese efecto de cine olvidado (¿Un cine italiano de los setenta?).

Este pueblo es sangre, este espacio hiede a sangre, sangre que unifica, purifica, todos matan, todos disparan. El deseo de cada uno esconde su propia reconciliación con la muerte.

—Vi como moría —le digo a ella— ese fue mi primer muerto, digo, al primer muerto que vi. Todos tenemos un muerto, un primer muerto de la retina.



La técnica con que se narra el evento es precisa. Logra lo que todo escritor busca: ser verosímil, y es preciso subrayar la poesía que hay en ella, —¿poesía en la medida que hace aparecer la cosa en sí?— «las de los senos más torneados, las de las cinturas menos mórbidas, los muslos más curvos y el pubis apenas sombreado por un vello tierno de alas de mariposa», «Debía ser muy delgada, o era que el vestido de aplicaciones le quedaba demasiado grande para la medida, las medias de florones bordados habían perdido elasticidad y se recogían en sus tobillos sobresalientes por el borde de unos zapatones de charol embarrados, y al beber se le inflamaban los entresijos huesudos de las clavículas como un esqueleto forrado con piel». Este es el arte de esperar la palabra violenta, cada oración posee ritmo, es acorde a su enunciación, a su personaje y revela cada cosa que presenta, violenta porque abre el espacio y disloca lo que se hacía apariencia.

En la fiesta han apagado la música. Varias mujeres gritan en la calle y se escucha el estruendo de una botella contra el asfalto.

Cierro el libro y no sé porque veo de nuevo la mirada del joven que murió en la calle del barrio de mi abuela. En este país no sabemos enterrar los muertos y siento el sabor del polvo de aquellas calles.

Colombia es un país de muertos, de muertos que después de muertos empiezan a construir su historia, una historia que, en todo caso, no es la que fue, sino la que otros quisieron que sea, en todo caso, así es el deseo.

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