Rebelión de los oficios inútiles: el nudo de nuestra violencia, por Ivan Andrade

mayo 16, 2016

La obra del santandereano Daniel Ferreira, ganador del Premio Clarín de Novela en 2014, le da voz a los olvidados de siempre en nuestra historia y nos ayuda a entender mejor el origen de nuestra violencia atávica.
Por Iván Andrade* | Razón Pública


Rebelión de los olvidados

“Lo que buscamos es cambiar el futuro”, le responde Ana Dolores Larrota a sus interrogadores militares. La anciana representa a los despojados que se han visto obligados a ocupar las tierras que fueron arrebatadas a sus antepasados por los poderosos de siempre. Es la rebelión de los olvidados, de los oprimidos. La rebelión de los oficios inútiles.

La gente que hace “los trabajos que no se consideran trabajos” no puede soportar por siempre la injusticia y los atropellos, no puede ignorarse toda la vida. Ana Larrota y sus compañeros han visto y experimentado en carne propia la exclusión de un país que olvida al débil y al pobre, aunque, paradójicamente, son esos débiles y pobres los que sostienen sobre sus hombros a los demás. Así que se rebelan.

Pero esa rebeldía se muestra como un movimiento sin razones, como una revuelta de criminales y perezosos que se niegan a trabajar para merecer la vida. La “gente de bien”, la que controla los medios y las armas, deforma los objetivos y las proclamas de los rebeldes y los hace parecer lo que no son. Con sus mentiras borran de un plumazo toda una historia  de explotación, desplazamiento, opresión y violencia. Se lavan la cara y muestran a las víctimas como victimarios.

Aun así, quienes se encargan de los oficios inútiles siguen adelante. Se atrincheran en un pedazo de tierra que bien podría ser la representación de toda la tierra que les han robado, un punto en donde se concentra la historia de la usurpación, del olvido y la muerte.

“—Ana Dolores —le dijo el hombre de las tenazas—: las antorchas ya deben verse desde el pueblo.

—Mejor: así sabrán que la protesta iba en serio.

—¿Y si salen los toros a misa?

—Que vengan juntos, ejército y policía.

—¿Y si disparan?

—Que disparen, Lorenzo. A nosotros ya no pueden matarnos, porque para el gobierno no existimos: ya estamos muertos”.


El nudo gordiano

En la novela Rebelión de los oficios inútiles hay un recurso narrativo que me parece clave: la repetición de la frase “esta historia comienza”. Digo que es fundamental porque muestra la complejidad de nuestra historia convulsa, una historia que comienza y termina con muchas personas y en varios lugares, de diferentes formas y con variados resultados.

Rebelión de los oficios inútiles está lejos de ser un panfleto.
Empieza con los campesinos y trabajadores que han sido torturados y asesinados por quienes deberían protegerlos, con los policías y soldados que mueren por los intereses de personajes que no saben a qué huele la sangre, con los periodistas que se atreven a desenmascarar la verdad oficial y sufren las consecuencias de su valentía, con los terratenientes que se lucran de la expoliación y están convencidos de tener el derecho a hacerlo.

¿Hay buenos y malos en esta historia? Seguramente sí. Pero la literatura, como la vida, es más compleja que eso. Y en todas esas vidas, ideales, luchas y mezquindades que se cruzan en la historia está el testimonio del nudo gordiano de nuestra violencia. Alejandro Magno cortó el nudo con su espada. Nosotros también hemos intentado desatar el nudo violentamente, pero solo hemos logrado enredarlo más.

Deshacer el nudo se ha complicado porque nos hemos dejado contar una historia espuria, donde la dignidad de los oficios inútiles aparece como salvajismo y desvergüenza, y donde la brutalidad y la iniquidad usan los ropajes de la justicia y la verdad.

Rebelión de los oficios inútiles es un recordatorio de que el conflicto de hoy hunde sus raíces en un pasado sangriento e injusto, un pasado que se repite una y otra vez porque, como decía William Faulkner, ni siquiera es pasado.

Los olvidados

No sé si Daniel Ferreira autor de Rebelión de los oficios inútiles, tenía a Albert Camus en mente cuando escribió esta novela. Quisiera creer que sí. No por el estilo, sino por las palabras que pronunció este al recibir el premio Nobel: “el papel de escritor es inseparable de difíciles deberes. Por definición no puede ponerse al servicio de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la sufren”.

No hay que confundirse, Rebelión de los oficios inútiles está lejos de ser un panfleto. Por el contrario, es una novela estremecedora capaz de ponernos ante seres casi palpables que testifican el sufrimiento y los atropellos, pero también la dignidad y la voluntad que no se rinden ante las peores dificultades. Los olvidados, los pisoteados que sufren la historia son de carne y hueso y protagonizan la novela, se alejan de los números fríos y distantes con que nos han contado la violencia y con su voz y su presencia narran esa crueldad que se ha tragado tantos recuerdos, tantos amores, tantas esperanzas. Tantas vidas.

Los oficios inútiles no se resignan. Siguen adelante, salen del fango, quieren ver la luz a la cual tienen derecho: “Lo que buscamos es cambiar el futuro. La forma en que vivimos. Las condiciones en que estamos dispuestos a realizar un trabajo. La forma en que están repartidas las responsabilidades en una casa y en el trabajo y en el amor y en la vida diaria. Esta lucha común ha unido a gente que realizaba trabajos que no se consideran trabajos: como vender frutos de la tierra en las plazas de mercado, como abrir las venas del alcantarillado, como criar niños, como mantener una casa limpia, como lavar ropa en un río porque no hay acueducto, como recolectar cosechas, como pegar ladrillos para construir casas de otros, esta lucha unió a gente que está acostumbrada a sentirse marginal, en el último puesto de la fila del progreso. Esta gente busca un sitio que se parezca a la vida. El mundo cambia si cambia tu vida”.

Es una lucha de generaciones. Los olvidados recuerdan y siguen, pelean para que los de arriba dejen aunque sea un poco de espacio a los de abajo, como lo hicieron sus abuelos y sus padres. Aunque parezca increíble, quienes sufren la historia pueden ser valientes. Nos recuerdan a Atticus Finch en Matar a un ruiseñor: “Uno es valiente cuando, sabiendo que la batalla está perdida, lo intenta a pesar de todo y lucha hasta el final. Uno vence raras veces, pero alguna vez vence”. Son valientes y siguen poniéndole la cara a la élite que los menosprecia y los elimina. Ana Dolores y los suyos son una fuerza de la historia que tiene todo en contra, pero de todas formas persiste, incluso ante la amenaza de la muerte.

Joaquín Borja intenta mostrar la otra cara, poner en la prensa algo más parecido a la verdad, pero su idealismo se estrella contra la pared terrible del poder. Simón Alemán, por su parte, es uno de los privilegiados, pero también parece estar atrapado en la convulsión de la historia violenta del siglo XX colombiano.

Sudar hielo

Gabriel García Márquez publicó en 1959 un corto ensayo titulado “Dos o tres cosas sobre la novela de la violencia”. Allí planteó que la novela que se ocupara de la violencia “no estaba en los muertos de tripas sacadas, sino en los vivos que debieron sudar hielo en su escondite, sabiendo que a cada latido del corazón corrían el riesgo de que les sacaran las tripas”.

Quienes sufren la historia pueden ser valientes.
En la lectura de Rebelión de los oficios inútiles uno sabe con certeza que esos hombres y mujeres rebelados supieron lo que era sudar hielo, han visto y sentido las consecuencias de la guerra. De nuevo Ana Dolores Larrota, frente a los militares que la interrogan, les da voz: “Tengo un problema para entender la justicia sin comprender su revés. Será porque a través de mi vida he sido testigo de más cosas injustas que de cosas justas, señor. Injusto fue ver arder un rancho a orillas de un río, y ver a una mujer esconderse en un platanar con sus dos hijos para que no los fueran a quemar vivos con los escombros de su casa reducida a ruinas. Esa mujer era mi madre. Espero que no tenga que decirle la identidad de los niños. Le puedo decir que injusto es dejar a un niño morirse de hambre o frío sin hacer nada. Me pueden matar o hacer matar, pero moriré diciendo que la invasión fue justa”.

Los rebelados han sudado hielo y han decidido hacer algo para dejar de tener miedo, para recuperar lo suyo. Una dignidad que se ha cultivado en la adversidad los motiva y los impulsa, aunque perder sea la más alta de las probabilidades.

Esa lucha fundamental es el centro de la novela y ha sido un elemento muy importante de nuestra historia, por lo que Rebelión de los oficios inútiles es una novela necesaria, una lectura capaz de conmocionar, y necesitamos esa conmoción para entendernos mejor.

Necesitamos, sobre todo, aprender a leer nuestra historia con los ojos de los que más la han sufrido.



* Historiador y magíster en Escrituras Creativas, corrector de estilo y editor.
@IvanLecter

Rebelión de los oficios inútiles
Daniel Ferreira

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