Rebelión de los oficios inútiles, por Tomás Aurelio Muñoz

diciembre 14, 2015

Tomás Aurelio Muñoz  (Universidad Javeriana. Miembro del colectivo El Alacrán. Presentación Fiesta El Alacrán, Bucaramanga).


Esta novela de Daniel Ferreira es una obra de arte que se introduce en toda una tradición de la gran novela colombiana, la novela de la violencia. Pero, más que introducirse o sumarse, entra en diálogo con ella. Al leerla uno reconoce la realidad de nuestro país a través de ciertos rasgos, como el toque de queda y el Estado de Sitio de La mala hora o el anonimato de ciertos organismos como La Sociedad de Hierro, muy parecida a la de los ejércitos de la novela de Evelio Rosero. Pero, al dialogar con la tradición de la novela de la violencia colombiana, no la deja intacta, por ejemplo, de las novelas que conozco, ninguna tiene tan marcada la lucha de clases como causa de la violencia. Por lo general ésta está enmascarada por luchas individuales o se ve relegada como causa.

Una reseña sobre esta novela resulta difícil y quizá se trate de una tentativa de reseña, pues no es fácil saber por dónde comenzar. Vale hacerse la pregunta ¿cuándo comienza el tiempo de la historia, es decir, cuándo empieza lo que se está narrando? Las primeras palabras del libro son: “Esta historia comienza con el albañil Serafín Meneses Tovar, quien hacia las ocho y treinta de la mañana…” y continúa con comienzos de esta historia, en los que se hace una especie de antología de víctimas de un momento específico, los setentas, pero el lector reconoce estos casos específicos como una constante de nuestra historia.

Esta manera de desaparecer, de asesinar, de torturar, de que el ejército tome por la fuerza a los civiles, es un rasgo que parece pertenecer no sólo a esta década específica, sino a gran parte del siglo pasado y lo que llevamos de éste. La novela está cargada de ecos que no menciona, previas o posteriores, como Trujillo, El Salado, El Aro, San José de Apartadó, el Bogotazo, la toma o, mejor, la retoma del Palacio de Justicia y un largo etcétera. El libro indica que esta historia comienza muchas veces, en muchos momentos y con muchos acontecimientos, así como la historia de Colombia. Detenerse a precisar el momento exacto en el que comienza nuestra tragedia es una tarea tan abrumadora como nuestra historia misma. Desde la técnica, este capítulo está muy bien logrado y no podría ser escrito de otra manera por esto mismo; la ausencia de puntos, incluido el punto final del capítulo, genera un vértigo y señala que esta historia, como la historia colombiana, no termina o no ha terminado. Esta técnica se repite en varios capítulos.

Esta historia que cuenta la novela es la de las víctimas y los victimarios. Pero no desde un punto de vista maniqueo, no se limita a apuntar responsables y víctimas, se adentra en las vidas, en los pasados y en las preocupaciones de los actores de la violencia; así, cuenta la historia de Ana Larrota, su infancia, sus matrimonio, la vida de su marido y su hijo muerto por una bala perdida, la de su hermano, la de ella misma luchando por los derechos de los “destechados” en el Sindicato de Oficios Varios, su juicio marcial y su muerte cuando pelea a cuchillo limpio con su asesina en prisión, como un duelo de gauchos. Igual sucede con la vida de Joaquín, director de prensa independiente y crítica, que sufre la pérdida de un ser amado por asumir su trabajo de manera ética, quien nunca conoció como tal el amor de una mujer y problematiza la incidencia de su labor de intelectual en el mundo real. Este proceder narrativo les da un rostro como víctima.

Pero no se queda ahí. También nos muestra brevemente la historia del capitán Penagos, quien sufre un conflicto con la invasión que debe erradicar de la propiedad del señor Alemán, porque reconoce en un niño de la “invasión” a su propio hijo. Está, por ejemplo, la historia un poco difusa de Martina, la asesina de Ana Larrota, y se destaca sobremanera la historia de Simón Alemán, un terrateniente feudal colombiano con ideología burguesa, cuya familia, cargada con el peso de la idea de la nobleza, expropia una tierra enorme como botín de la Guerra de los Mil Días. Su historia es una de amor, de viajes y de ilusiones a partir de la propiedad privada. Y por esto quizá se puede decir que, en el fondo, brille el ideal como tal marxista de expropiar al expropiado, ideal viciado por el caso venezolano.

La novela, así, pasa de lo privado a lo público y viceversa, demostrando que la historia de nuestra violencia nos afecta a todos en todas nuestras esferas. Sin embargo es digno de mención que, aunque esta relación exista en todos los personajes, sólo uno no logra dimensionarla, Simón Alemán, pues para su ideología burguesa resulta imposible concebir una colectividad más allá de la tragedia personal y todo se puede explicar para él desde su amor fallido con la italiana Laura Litri. Quizá por esto es que se aventura en la excursión final de la novela a incendiar el campamento de los destechados, pues para él el otro no es más que una cualidad de su tragedia personal, no un rostro de una colectividad en desgracia.

El único sector que no queda como tal al descubierto, con una historia que le dé humanidad de victimario, es La Sociedad de Hierro. Pero parece que no la necesita, queda muy al descubierto con su consigna (que coincide con la de los sectores más conservadores de nuestra historia, incluidos un partido y un ejército paramilitar): tradición, familia y propiedad privada es un leitmotive colombiano, la excusa más estúpida y válida para matarnos los unos a los otros. La Sociedad de Hierro no necesita un rostro, el lector crítico ya sabe quiénes están detrás de esta máscara.

Aunque el panorama parezca aterrador, que lo es, aunque este país se construya “Piedra en la piedra, y en la base, harapos”, como decía Neruda, la novela cumple la tarea del gran arte: rescata la dignidad de los hombres que padecen la historia. Esta dignidad está presente en las luchas, en el aguante, en los ideales, en la búsqueda de lo justo, en la determinación de vivir y de morir, en el coraje de la verdad que se sobreponen a las amenazas contra la libertad de prensa, a los juicios marciales, a la peligrosa masa que ignora su historia, a los interrogatorios, a la tortura y al olvido.

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