Harold Alvarado Tenorio comenta La balada de los bandoleros baladíes

diciembre 25, 2011

Por Harold Alvarado Tenorio, director Revista Arquitrave*

Masacre de La Rochera, 1989

Nada más atroz que hallar en la ficción, el “arquetipo” de una experiencia y la “transcripción” del mecanismo que la ha producido. La balada de los bandoleros baladíes de Daniel Ferreira, publicada en México por la Universidad Veracruzana, ha obrado en mí esa impresión. 

Hace mas de una década viví el horror del paramilitarismo, primero como hechos que sucedían en mi entorno y luego directamente mientras las noticias narraban las sucesivas masacres que esos monstruos ejecutaron en poblaciones diversas de Colombia.

Desde finales de los ochenta, si fuésemos capaces de reconstruir sin fingimiento los sentimientos de entonces, tanto fue el terror de los narcos y la guerrilla que llegamos a creer que los paramilitares eran una posible solución al conflicto. Hoy hay quienes acusan a venerables barones de industria como arúspices y encubridores de aquellos criminales y son numerosos los políticos que están en la cárcel por sus connivencias con las AUC.

Pero lo más enfermizo de todo esto es que era tanto el terror que impedía condenar los efectos del contra terror. Al menos fue mi caso. Con una Bogotá sitiada por las FARC, con sus asaltos a las poblaciones vecinas, los secuestros de todo precio, las extorciones y el desfile de sus milicianos como pedro por su casa en los campos, ver y oír las atrocidades de las AUC con quienes decían ser “nuestros” enemigos, sin una condena explícita y un rechazo a los execrables “comandantes” no tiene otros descargos que la despiadada capacidad de la crueldad humana y el desprecio por el otro.

La crucifixión, uno de los mecanismos de tortura más ominosos y degradantes [sólo se aplicaba a los desheredados de la fortuna, a los esclavos, rebeldes, piratas, enemigos y criminales] que haya usado el hombre, apenas comparable al desmembramiento con sierras eléctricas empleado por los paracos colombianos, tiene una extendida tradición. Alejandro Magno crucificó no sólo a Calístenes, su historiador y biógrafo, sino a 2000 de los sobrevivientes del sitio de Tiro; 6000 de los soldados rebeldes de la Tercera Guerra Servil, entre 73 y 71 antes de Cristo, liderados por Espartaco, fueron crucificados a lo largo de 200 kilómetros en el camino de Capua a Roma. Flavio Josefo [Bello Iudaico, 5:451- 452] recuerda a numerosos romanos martirizando a gentes del pueblo en las paredes de Jerusalén y miles de cuerpos de estos siendo devorados por los buitres.

Como había sucedido durante la violencia liberal-conservadora posterior al asesinato de Jorge Eliecer Gaitán, los doctrinarios del terror, como método para derrotar las bandas armadas de las FARC, lo ejercieron sólo contra los débiles e indefensos, durante aquellos años cuando la muerte “dejó de ser una economía menor para consolidarse como una industria nacional”. 

En muy raras ocasiones lesionaron gentes adineradas, de la High Life, blancos, pardos, terratenientes o godos. Fueron comunidades e individuos de raza negra y mestizos, los campesinos pobres, desamparados de los pueblos, las victimas de su crueldad. En Chengue, El Aro, El Salado, La Mejor Esquina, Macayepo, San José de Apartadó o Mapiripán las ejecuciones y desmembramientos de ancianos, niños, inválidos, sordos, mudos, contrahechos o embarazadas fueron llevadas a cabo por profesionales del asesinato, mientras oían canciones de moda, comían sancochos de sábalo e ingerían ron blanco con el único propósito de castigar a los civiles, por los actos de los alzados en armas.

Es por ello y más que La balada de los bandoleros baladíes de Daniel Ferreira inaugura, quizás en español, la puesta en escena de los mecanismos del mal que asiste a las mentes de los criminales de oficio, que despedazan sus víctimas sin odio, ni ira, ni meditación, exclusivamente como una profesión, cuyos resultados deben ser infundir terror en quienes apoyan a los “otros” o hacen parte de esos colectivos. La doctrina israelí, para decirlo de una vez, que los paramilitares colombianos aprendieron de patibularios como Yair Klein.

En LBBB transitan cinco historias esperpénticas, tres de ellas constituyen el origen, entorno y desarrollo de una mente criminal para vengarse de un mundo que apenas le ha ofrecido degradación, repugnancia y espanto y ni un solo instante de equilibrio o sosiego. Una componenda instalada en la violencia rural de los años de auge del narcotráfico, los asesinatos de los candidatos presidenciables y el exterminio de la Unión Patriótica, que tiene como cicerones a Malaver Gaviria, un ladrón y Escipión, un mercenario que debe arrasar todo un pueblo, y termina siendo un sayón, miembro de una estructura militar, que como la Iglesia de Roma, enjuaga de culpa al individuo al no poder identificar de qué altura, o infierno, vienen las ordenes asesinas.

Pero no es la historia, en definitiva, la que hace memorable este primer libro de Daniel Ferreira. Como ocurre siempre con el arte, es la forma la que define su contenido. Ferreira, más adicto a Roberto Rosellini que a T.S. Eliot, narra desde la trasnominación, instalado en lo incompleto, lo diseminado, levantando como en las colchas de retazos, un mapa del discurso y de la historia. Recordar la vida como descargas de una polifonía de ejecutantes de jazz permite crear la “totalidad” de los acontecimientos, reconstituyendo la historia originaria.

“No conservamos una forma completa de los otros, con el tiempo, dijo Ferreira a un periodista mexicano. Conservamos fragmentos que valdrán por el todo. Cada vez menos. Cada vez los más metafóricos. Cada vez los pocos y exactos que habrán de recordarnos que felices no fuimos, pero que en verdad lo intentamos”. 

Estremecedora, apocalíptica, brutal, sangrienta, La balada de los bandoleros baladíes puede ser el horrendo retrato [en clave literaria] de un monstruo que tuve la desdicha de conocer: José Dámaso Cuestas Hernandez, alias Jonás, uno de los lugartenientes del más feroz asesino que haya asolado el municipio de Guaduas, Jhon Fredy Gallo Bedoya, alias El Pájaro. Jonás y Chepe [Daniel Sánchez, un aserrador de Chapaima ] asesinaron con sus propias manos a no menos de 500 personas, muchos de ellos jóvenes y ancianos a quienes descuartizaban y desaparecían en las veredas de ese municipio cundinamarqués, a sólo dos horas de la capital de Colombia. Durante casi un lustro él fue alcalde, juez, policía, ejército, cura y la conciencia moral de ese reino controlado en las sombras por Don Jesús “Chucho” Martinez, a quien deberíamos preguntar por las vidas y los cadáveres de Jaime Chila y Diomedes Moreno de la vereda El Hato.

Harold Alvarado Tenorio* poeta, crítico y editor. Doctor en Literaturas Hispánicas de la Universidad Complutense de Madrid. Director de la Revista Arquitrave

Texto tomado de Lo mejor del año 2011 en Diario de Cuba

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