La balada de los bandoleros baladíes, comentada

mayo 01, 2011

La vida fragmentada o la plenitud 'A CACHOS'.
Aparecida en un blog mexicano:
http://asienelcielocomoenlatierra.blogspot.com/2011/04/la-vida-fragmentada-o-la-plenitud.html

Detalle de Guernika intervenido, Pablo Picasso
“No conservamos una forma completa de los otros, con el tiempo. Conservamos fragmentos que valdrán por el todo. Cada vez menos. Cada vez los más metafóricos. Cada vez los pocos y exactos que habrán de recordarnos que felices no fuimos, pero que en verdad lo intentamos”. Lo anterior es un manifiesto puro de lo que podría denominarse pesimismo optimista u optimismo sombrío.
Una declaración de guerra a la poesía: no más metáfora, bienvenida sea la metonimia. Nunca más la totalidad de la unidad sino el fragmento disperso, la esquirla, la pedacería dando cuenta de la existencia (anterior) de un todo. Ahí donde hay una parte, existe unidad.
Esta fragmentación unificada es lo que rescato de la lectura de La balada de los bandoleros baladíes de Daniel Ferreira. El colombiano sabe lo que escribe cuando emplea la digresión narrativa para dar cuenta de sujetos rotos –fragmentados- por la guerrilla, el narco y lo que se acumula ya en la sociedad colombiana tras décadas de violencia.
En la novela de Ferreira no solamente está cortada la historia, también carecen decompletud los personajes (cojean), sus voces (problemas de habla), sus cuerpos todos (monstruosos, idiotas, deformados/transformados y despiezados). La unidad del sujeto, como la del relato y la de la voz narrativa están suspendidas ya para siempre en un universo que consigue su coherencia en la ilógica de su existencia. Una entropía textual que habla de un (pretendido) orden anterior al tiempo y espacio de lo narrado.
Mantener la unidad, es un deseo inútil del que pasan los personajes de esta novela cuya atmósfera, violenta las certezas de quienes hemos vivido en otro tipo de incertidumbres: “desde los diez años estoy dándole al mundo y no soy capaz de desbaratarlo”, confiesa un personaje sin amargura ni pena, si acaso con el deseo de continuar en resistencia.
Hace un par de años, un interlocutor antioqueño me decía, que lo que vivimos en México, es agua pasada en Colombia. Que lo peor estaba por venir. No sé qué significa ‘lo peor’, pero mientras uno se adentra en las páginas de Ferreira el asombro crece y la barbaridad del fragmento anterior es superada por el siguiente y así acontece sucesivamente hasta engarzar un salterio de avemarías descontinuadas y no por ello, menos amargas y dolorosas.
La realidad mexicana se antoja des/dibujada en el relato del colombiano y quizá por eso también sacude más allá de los límites del texto. Las páginas de los diarios no han mostrado aún (¿todo?) el horror que atrae aparejado consigo el poder y la ignorancia, que de eso se trata cuando se habla de narcotráfico, estado fallido, corrupción y ‘daños colaterales’, por ser breve.
Y sin embargo, queda a quien lee la tarea de resignificar la obra como una invitación a la resistencia o a la esperanza. O a ambas. El narrador tiene la sutil generosidad de advertirnos: “aquél que tenga supersticiones y no tenga un método para contrarrestarlas estará perdido”. Unidad en el fragmento, humanidad en la barbarie, confianza en la sinrazón, son apenas islotes de una pangea simbólica que nos permiten habitar (vivir es una pretensión) los linderos del precipicio. Y en estas palabras no existe asomo de malagüerismo. Lo juro.

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